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Inmigración y diálogo
entre culturas
Situación en España. Equipo de
apoyo a Portavoz Europeo del Movimiento Humanista, Giorgio Schultze. Abril 07
Al 31 de diciembre de 2006, existen en España 3.021.808 extranjeros con
tarjeta de residencia en vigor, lo que implica un incremento un 10´33 % respecto
al año anterior, y a finales del 2005 el número de inmigrantes irregulares
empadronados, superaba ya el millón de personas. España es un país con una
población extranjera superior al 10 %. De esta población extranjera más un 71 %
tienen procedencia extracomunitaria, siendo el 16 % del total marroquíes,
seguido por un 13 % de ecuatorianos. Este proceso de cambio en el paisaje
humano, se ha producido en un tiempo relativamente corto, poniendo en íntimo
contacto a grupos humanos de distintas sensibilidades, culturas y religiones en
un mismo espacio social. Al mismo tiempo conflictos más generales derivados de
la globalización y de los choques entre los fundamentalismos económicos y
religiosos de distinto tipo tienen su correlato en la sociedad española
produciendo una situación compleja que demanda respuestas nuevas para todos.
Sin embargo, las respuestas que hoy se están dando no van a la raíz del
conflicto, que es la dirección equivocada de un modelo economicista, violento e
inhumano.
Por el contrario, se dictan leyes restrictivas que buscan cerrar fronteras y
consagran la discriminación dividiendo a la gente en ciudadanos (con derechos),
residentes (con algunos derechos) e “irregulares” (desprotegidos).
Las leyes de extranjería pretenden alejar el problema reglamentando la
contratación en origen y penalizando la contratación de inmigrantes irregulares
en suelo español. El resultado es la generación de grandes bolsas de inmigrantes
sin papeles sometidos a situaciones de explotación y degradación de todo tipo.
Regularizaciones ocasionales, parciales y realizadas por coyunturas políticas no
alcanzan a resolver este problema, que ha seguido creciendo.
En este marco de desigualdad (re-presentación internalizada de la desigualdad
internacional, de la que España es también corresponsable) se juega la relación
entre las culturas que conviven en nuestro país. El discurso oficial y
bienpensante de la “buena relación entre culturas” no alcanza a esconder que
millones de inmigrantes son tratados con hipocresía por una sociedad que explota
su mano de obra mientras les niega derechos elementales como el derecho al voto.
A la incoherencia y falta de visión de las instituciones se suma la
irresponsabilidad (cuando no la mala fe) de muchos medios de comunicación que ya
venían acercando demagógicamente los conceptos de inmigración y delincuencia.
Con tal de vender fantasmas ahora no dudan en unir a esa imagen de “peligroso
inmigrante” la cualidad de “posible terrorista”, sembrando en el interior de la
conciencia social el temor y la sospecha. Están aun por medir las consecuencias
(y las responsabilidades) de esta forma de violencia “mediática”.
El contexto de violencia creciente (explotación, discriminación, el eco de
conflictos sangrantes no lejanos que nos golpean dolorosamente cada día, etc.)
coloca a todas y cada una de las culturas que conviven en nuestro país en un
dilema:
- Por un lado sentimos la tentación de radicalizarnos en nuestro interior por
temor o por resentimiento.
- Por otro lado experimentamos la profunda necesidad de encontrarnos y aprender
a construir un mundo nuevo
Es cierto que los medios consideran más “real” un atentado, o una agresión
racista que millares de actos de amistad o de amor que nacen todos los días
entre gente de distinta mirada o procedencia. Tampoco les parece significativo
que miles de ancianos estén encontrando al final de sus días el cuidado y la
calidez de gente formada en otros paisajes. Mucho menos evidente se les presenta
el hecho de que el lenguaje desde el que se expresan y la cultura de la que se
consideran defensores son producto del entrecruzamiento fecundo de otras
culturas que consiguieron encontrarse tiempo atrás.
Sin embargo, allí donde las autoridades cierran, o donde los medios
distorsionan, mucha gente de espíritu valiente abre las puertas, porque la
necesidad mueve grandes fuerzas.
En todo caso, el mundo que conocemos está cambiando aceleradamente y, en lo que
hace al diálogo entre culturas (así como en los otros temas de preocupación)
también nos encontramos en una encrucijada sin punto medio: Paz (Diálogo)
creciente o destrucción creciente.
Por eso exigimos hoy derogar las leyes de extranjería, que consagran la
discriminación e invitamos a fortalecer todo punto de encuentro entre culturas y
creencias.
Es necesario denunciar toda forma de violencia y discriminación y sumar a las
culturas en la tarea conjunta de superar la desigualdad, la violencia económica,
sicológica y otras.
Es necesario denunciar la falsa cooperación al desarrollo, basado en negocios
asimétricos que ahondan la pobreza y dependencia de los así “ayudados”. Sabemos
que la verdadera cooperación pasa por compartir tecnología, a pesar de los
intereses de las grandes corporaciones.
La comunicación entre culturas se da en la lucha por superar la violencia que
nos separa. El diálogo entre culturas, así como la comunicación entre las
personas debe aportar conciencia de los verdaderos problemas, lucidez y energía
libre para cambiar las cosas. |
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